Hace cuatro años, la historia cambió para la casona ubicada en República 550. Fue construida alrededor de 1923 y primero fue propiedad de familias adineradas, durante varios años, hasta que en la dictadura fue un centro de detención y tortura. Luego de eso, estuvo abandonada por 10 años, hasta que en 2005 un grupo de jóvenes decidieron limpiar de basura ese lugar. No sólo de la basura acumulada durante 10 años de abandono, sino que también del dolor que quedó en las paredes, en los salones, en el patio y en el aire del lugar. Desde luego, esto último también dejó rastros físicos -capuchas, conexiones eléctricas para voltajes muy altos, y otros instrumentos de tortura-. El lugar que presenció tantos horrores, fue transformado en un sitio para desarrollar actividades culturales.
Sin embargo, casi desde siempre los jóvenes que participan en ese lugar han tenido problemas. Lo que pasa es que, una vez terminada la dictadura, la casona pasó a manos del Estado, siendo desde ese entonces propiedad del Servicio de Vivienda y Urbanismo (Serviu). Casi desde el principio de la ocupación, el Serviu interpuso una demanda. La resolución judicial era constantemente aplazada, se demoraba, pero finalmente el pasado 23 de abril, se dictó la sentencia de allanamiento con descerrajadura y desalojo con lanzamiento a la calle en contra de la ocupación. La orden llegó a manos de Carabineros el jueves 7 de mayo, para que cumplan el desalojo, que ya parece ser inminente.
Esta amplia casona de tres pisos ha visto nacer talentos artístico-culturales de diversos tipos. Sólo por nombrar algunos: fotografía, teatro, danza, graffiti, clown, yoga, literatura y matemáticas, de las cuales siempre se efectúan presentaciones. Además posee una biblioteca y laboratorio de computación. Y además se hacen foros de debate, tocatas, y se crean instancias para que otros colectivos artísticos utilicen el lugar. Allí también se lanzaron los libros “Hablar de Cuba, hablar del Che” y “La revolución de los Camaleones”, del escritor cubano Eddy Jiménez. Y eso no es todo, pues personalidades artísticas de nuestro país también han estado presentes en República 550. Entre ellas, Isidora Aguirre, quien asistió a la presentación del texto de la obra de teatro “El evangelio según San Jaime” del dramaturgo chileno Jaime Silva.
Todas estas actividades exigen una gran organización y responsabilidad. Dentro de la casa okupa, hay ley seca y se prohíbe el consumo de drogas. La participación en los talleres sólo exige aporte en alimentos y materiales para la casona, o ayuda en la mantención y limpieza del lugar. Y para algunas presentaciones, se cobra una cantidad mínima de dinero. Todo esto, sin ninguna ayuda de organismos externos. Pero sí cuentan con el apoyo y participación de diversas organizaciones sociales, entre las que cuenta el de los familiares de Detenidos y Desaparecidos, apoyo que demuestra la importancia simbólica que tuvo el restaurar y llenar de arte, un lugar que fue ocupado para tan violentos propósitos.
Por amor al arte, estos jóvenes hacen estos talleres. Pero no es el arte por el arte, como suele malentenderse a las disciplinas artísticas. Es el arte como forma de expresión del descontento, una forma de protesta pacífica a la que se pueden integrar todos los interesados, en la que incluso muchas veces se ayuda a personas en riesgo social.
Este es uno de los mejores ejemplos actuales, si no el mejor, de personas que generan cultura en vez de consumir lo que desde afuera se les otorga, cual ovejas de un rebaño que sigue los dictados de la televisión y de los espectáculos traídos desde afuera, como si sentarse en una silla a presenciar un evento fuese la única forma factible de participar en la cultura, como si el término cultura se limitara a ser definido como la cultura pop de los programas de televisión, y unos shows que muchas veces no dejan más que el deleite estético, o espiritual o como quieran llamarlo.
República 550 contiene un puñado de sueños cumplidos por un grupo de personas que anhelan un mundo mejor. Que, lejos de buscar interés económico, buscan surgir por sus propios méritos. Y con solidaridad de verdad y no de cartón, apoyándose unos seres humanos a otros. Esta iniciativa cultural no puede quedar truncada para ser entregada en manos de personas que difícilmente serán capaces de generar algo que le llegue siquiera a los talones a los okupa. Definitivamente, esta casona no puede ser despojada de toda la vida que le fue devuelta.